Zapatos, estudio y creatividad, o una vida provechosa

Fuente: Uno Entre Ríos ~ Entrevista con José Silverstein, diseñador de calzado. Argentina con trabajo y mucha plata. El deseo por los clásicos. Zapatos torcidos y mente inquieta.

“Quiero trabajar aquí”, rememora don José Silverstein que le pidió al encargado de una casa de calzado ortopédico cuando tenía ocho años. No se trataba de un niño “vulnerable” sino de alguien con muchas inquietudes de progreso material e intelectual, como también lo indican los miles de libros que compró a lo largo de su vida para desarrollarse culturalmente y los textos que en su taller se mezclan con cueros, máquinas, hormas y zapatos gigantes.

Morón solidario, con 4.000 ladrillos “de yapa”

—¿Dónde nació?

—En Morón, provincia de Buenos Aires, donde viví hasta 1989, que vine a vivir aquí.

—¿Cómo era en su infancia?

—La gente era extremadamente solidaria y éramos todos una familia. Comenzamos un barrio nuevo, en calles de tierra, que se fue poblando de a poco. Cada uno que compraba un terreno, la casa la hacían entre todos, a cambio de nada. Hoy se llama San José y tiene una linda iglesia. Se enfermaba una madre en la cuadra y las demás iban a lavar ropa, cocinar, hacer mandados y llevar los chicos al colegio. Fue cambiando mucho y rápido: comprabas un terreno y si lo hacías de contado, un camión te traía 4.000 ladrillos de “yapa”.

—¿Hasta cuándo vivió allí?

—Hasta los 27 años, cuando me casé, compré un terreno e hice mi casa, con un galpón para la fábrica.

—¿A qué jugaba?

—Había una chanchería con un potrero donde los domingos jugábamos a la pelota, al igual que en otros campitos, donde comíamos frutos silvestres y éramos unos malditos con los pajaritos, porque andábamos con la gomera. Hacíamos “guerrilla” (risas) con las bolitas (frutos) de paraíso, un globo y un rulero.

—¿Qué actividad laboral desarrollaban sus padres?

—Mi viejo nació en una tribu de Misiones, una familia española lo llevó a Buenos Aires y le puso el apellido.

—¿Silverstein?

—No, López. Es el apellido de mi mamá, que no se casó. Cuando terminó la secundaria el padre postizo le preguntó a mi viejo si quería estudiar, dijo que sí y estudió Ingeniería Botánica. Yo le decía que “conservaba la selva en su corazón”; se dedicaba al mejoramiento genético de árboles frutales.

—¿De qué origen es el apellido?

—Judío.

Los clásicos y el fútbol

—¿Leía?

—Sí, mucho.

—¿El primer libro que le resultó revelador?

Crimen y castigo, de (Fiódor) Dostoyevski, a los 13 años, porque quería desarrollarme rápidamente en lo intelectual, así que leía los clásicos.

—¿Y siendo más chico?

—Leíamos revistas: Billiken, Peter Pan, D´artagnan, Patoruzú y Patoruzito. Tengo un hijo escritor; cuando yo venía del trabajo me ponía a leer, a los 4 años me preguntó “qué dice acá”, le expliqué letra por letra y cómo se unían, hasta que un día lo encontré leyendo en mi sofá. Llegué a comprar 7.000 libros, entre los cuales había un diccionario etimológico de diez tomos.

—¿Qué temáticas le atraían?

—Leí dos veces los cuatro tomos de Nueva Historia argentina, de Gustavo Levene. Ahora estoy leyendo la Biblia, donde está la verdadera sabiduría. Me cansa un poco relacionarme con gente que nunca se preocupó por cultivarse y solo hablan de fútbol y puteríos del barrio, y con los fanfarrones. Si es mediocre, que no se desespere por deschavarse ante los demás y que lo disimule.

—¿Sentía una vocación?

—Quería jugar profesionalmente al fútbol, me probé tres veces en Vélez y no me daba el físico porque era chiquito, aunque tenía capacidad. Me gustaban los oficios, me recibí de fotógrafo y tuve mi laboratorio, pero no me daba económicamente.

—¿Tuvo otra afición?

—La pesca; hasta hace poco tenía mi camioneta y mi lancha, que perdí, porque hoy estoy en la lona ya que no trabajé durante un año, por la pandemia. Tengo fe en que me voy a levantar.

—¿Qué materias de la secundaria le gustaban?

—Todas, quería tener un conocimiento amplio. La que más me gustaba era Historia y quería ser profesor.

—¿Qué estudió al terminar la secundaria?

—Fui dos años y siete meses a Psicología pero estaba preparando una fábrica, aunque los diseños no eran buenos.

—¿Por qué dejó la carrera?

—Me puse a fabricar zapatos, me casé, tuve hijos… lo tengo suspendido y quisiera aprender Psicología política para entender a estos guachos psicóticos (risas).

“Quiero trabajar aquí”

—¿Cuál fue la primera aproximación al mundo del calzado?

—A los ocho años fui a la casa central de IOA, donde se hacían zapatos ortopédicos, me preguntaron qué quería y dije “trabajar allí”. Me preguntaron por mi papá y mamá, para que fueran ellos. Comencé, era cadete y me enseñaron de a poco, entraba a las 2 de la tarde y salía a las 7, me iba a mi casa a hacer los deberes y al otro día iba al colegio. Cuando comencé a fabricar zapatos hice la tecnicatura de Diseño Industrial porque me salían torcidos (risas). De ahí en más nunca paré de fabricar.

—¿Qué le atrajo, a los ocho años, cuando vio esos zapatos ortopédicos?

—Antes era normal, aparte de estudiar, aprender un oficio.

—¿Qué aprendió de lo esencial siendo niño?

—Te daban para cortar piezas, coser a mano o pasar pegamento; se trabajaba en serie y por etapas, con distintas funciones.

—¿Cuándo confeccionó el primer par de zapatos?

—Lo hice para probar, me salió torcido (risas) y lo tuve que tirar. A los 18 años comencé a comprar hormas, máquinas de coser… y a los 19 ya tenía mi fábrica en marcha, aunque durante los primeros tiempos no me fue nada bien porque este negocio tiene sus misterios, como todos. Hay que conseguir el cliente, que sea medianamente serio y pague, ya que es un ambiente cruel porque hay muchos mañosos.

El éxito y la mente

—¿Qué hizo cuando aprendió diseño?

—Comencé a hacer innovaciones, y combinaciones de colores y tendencias de temporada. Me interesaba fabricar en serie y cantidad, comencé haciendo 15 o 20 pares por día, y llegué a producir 280, teniendo once operarios. Se vendía mucho y muy bien a Europa pero nosotros no teníamos capacidad de producción. Una vez fui a una zapatería muy grande con mi producto, se lo ofrecí a un encargado, me dijo que “eso no se lo puedo vender a nadie”, fui la semana próxima y me dijo “váyase”, la tercera vez me dijo “me parece que lo voy a tener que echar” y le contesté que se estaba perdiendo la oportunidad de un buen negocio, con un producto muy noble. Le pedí que me alquilara por una semana una parte de la vidriera, le dejé nueve pares y le dije que pusiera un cartelito escrito con “creación de la casa”, me hizo caso, fui a la otra semana, me dice “¡Joseeé, sos un hijo de puta!” y me abrazó (risas). Había vendido ocho pares, me hizo hablar con el dueño, quien me adelantó plata para producir más, con la condición de que no vendiera a otros. Nunca gané tanta plata como en esa época y muchos me copiaban.

—¿Cuál fue la clave del éxito de ese diseño?

—Mandé a hacer un taco chino ahuecado, diferente a todos, cuando el común es parejo por debajo, lo bauticé como “moda boba” y produjo un impacto visual; son momentos de lucidez y hay que aprovechar la oportunidad.

—¿Cuál era su estilo?

—Compraba revistas italianas y de allí modificaba partes, ya que dependíamos de Europa en cuanto a diseño, moda, colores, tipos, texturas y cueros de temporada. Era muy fácil fabricar calzado en esa época porque había mucha plata y jamás pensé que llegaríamos a esto, mucho menos en Buenos Aires. No era difícil comenzar, a todos les iba bien y cualquier cosa que se producía se podía vender porque había consumidores.

Foto UNO/Mateo Oviedo

—¿Ha visto un diseño que lo fascinó por un detalle en particular?

—Un modelo de zapato canadiense extremadamente raro, extravagante, como si fuera un adorno y muy vistoso. Era su estilo y perdí el recorte de la revista. Yo he hecho con grabados sobre el cuero, utilizando cinceles y martillo, cera y tinta.

—¿Cuándo sintió que era bueno en el oficio?

—Hay un momento en que uno se despierta; a los 22 años.

—¿Cómo es el proceso creativo?

—La mente se pule, y cuanto más colores y formatos le incorporés, se encarga de “masticarlos” y desarrollarlos, se hace una muestra, se presenta, probás, lo analizás con gente del oficio y siempre hay uno que te dice “te falta acá, o sacale acá”. La mente acumula todo.

—¿Un fracaso?

—Hubo temporadas en que le erré con los colores, por imponer mi capricho de gustos, que no son los de la gente. Tuve que vender al costo para recuperar lo invertido. Hay que guiarse por las tendencias del mercado y no ser estúpido, y aprender a escuchar y razonar.

—¿Siguió leyendo?

—Entrecortado, pero siempre lo hacía. Leí a (Jacques) Lacan, (Friedrich) Nietzsche, (Iván) Pávlov y sobre Sócrates.

Siempre emprendiendo; los números especiales

—¿Por qué se vino a Paraná?

—En 1989 me vine a vivir a Diamante, donde estuve nueve años con quien era mi esposa y 20 años en Crespo. Habían comenzado los robos en Buenos Aires, me asaltaron en la calle y teníamos hijos adolescentes. En Diamante no había ningún zapatero, compré una esquina en pleno centro y en un año de trabajo compramos, al contado, dos lotes de 50 metros de fondo, cuya deuda también pagué. Después me separé y me fui a Crespo, y hace tres años me trajeron mis hijos acá.

—¿Cuándo comenzó a diseñar calzado de números especiales?

—Hace 20 años, cuando fui a Crespo, porque hay familias en las cuales, por ejemplo, el papá calza 53, la mujer 47, el hijo 51 y la hija 45. Me di cuenta de que había un nicho de mercado, conocía la técnica, intenté hacerlo y la gente robusta comenzó a pedirme. Hay nenes de doce años que calzan 43 o 44, mientras que los latinos tenemos pies chicos. Igualmente, ahora estoy por hacer un número 33, porque quien me lo pidió no consigue. También hice un 36 para un señor mayor del centro, porque le cuesta conseguir.

—¿Cuál ha sido el número mayor que ha hecho?

—53, de ése hombre y su familia. Para un señor de San Francisco, bastante robusto, hice un 56.

—¿Y de mujer?

—Esa mujer, de 47, y una chica de Seguí, 46. En las alemanas y sajones es común que tengan los pies grandes.

—¿No hay marcas que hagan estos números?

—Acá no lo hacen porque el mercado es muy chico y no es negocio. Y además, éstos (los muestra) que están forrados en cuero fino, duran 30 años, con un mínimo de 15 o 20 años. Yo los hago por una cuestión solidaria. Un chico que trabaja en la Municipalidad me encargó tres pares.

—¿Qué es más complejo, diseñar zapatos o zapatillas?

—Ambos son difíciles.

—¿Qué tiempo demandan?

—Un par de zapatos, 20 días, porque incluye probarlo y cómo se siente.

—¿Cuál fue el trabajo que más tiempo le demandó?

—Los que llevan grabados, porque son artesanías, técnica que aprendí en Misiones.

Foto UNO/Mateo Oviedo

“Venden calzado de tercera selección y no te lo advierten”

Silverstein destaca el valor del trabajo artesanal y se refiere a los costos, advierte sobre los engaños propios del negocio y aconseja sobre la mejor forma a la hora de comprar calzado.

—¿En cuánto se incrementa el costo por ser un trabajo artesanal?

—Son zapatos caros por la situación que estamos atravesando, pero a la vez es barato porque un par, por ejemplo, que cuesta $ 20.000, le durará 20 años. Así que no es un gasto sino una inversión y es un zapato cómodo porque está hecho a medida, ya que lo pruebo dos o tres veces. Hace un par de semanas a un señor del centro, con pies hinchados, le hice unas sandalias cerradas, estilo franciscanas, le cobré $ 12.000 y me dio $ 800 de propina.

—¿Cuál es la clave de un buen calzado?

—El material, para los borceguíes utilizo un cuero de vaca que parece una tela, en cambio para los zapatos es un cuero con un cuerpo mayor.

—¿Qué consejos le da a quien va a comprar zapatos?

—Tiene que ir a última hora, porque los pies ya trabajaron y se ensancharon durante todo el día. Ahora viene mucho calzado de Asia, y ellos tienen pies chicos. Comprar zapatos en pueblos chicos es un problema, porque los compran en Rosario o Capital Federal y son fallados. En Buenos Aires ponen un cartelito que dice primera, segunda o tercera selección, pero acá no te avisan. O venden zapatos viejos, que quedan en los depósitos, se secan y cuartean, porque la venta no es fluida.

—¿Sus hijos continúan el oficio?

—Lo pueden hacer, porque son diseñadores, el más chico tiene una fábrica de borceguíes y vende a varias provincias, y el mayor fabrica calzado femenino.

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